A nadie le molesta que la inflación reportada al cierre de Febrero haya sido negativa (-0.4%). Al menos no como hecho en sí. Lo que causa confusión e incredulidad es que esa estadística no concuerda con ese conocimiento intuitivo que se desarrolla en el ir y venir de todos los días de los consumidores venezolanos. Hagamos el ejercicio: ¿Cuántos bienes puede nombrar que hayan bajado de precio durante los últimos 30 días? ¿Cuántos que no sólo hayan bajado, sino en una magnitud suficiente para compensar la certeza de la subida de precios en otros rubros?

Además del conocimiento intuitivo, hay otras razones que hacen esa cifra dura de tragar. Desde la implementación del control de cambio la masa de dinero en circulación ha crecido 284%, una cifra muy inferior al 17% registrado en esos tres años en la cantidad de bienes y servicios que se compran y se venden con ese circulante (-8,9%, 17,3%, 9,4%). En ese mismo período, los precios han crecido 73% (27,1%, 19,2%, 14,3%). ¿Dónde está toda la diferencia? Una pregunta difícil de responder, y una política difícil de sostener.

El propio gobierno se ha dado cuenta de la necesidad de frenar el crecimiento de la liquidez y ha implementado algunos mecanismos, no necesariamente los más ortodoxos. Creación de fondos en dólares en el exterior, para que una parte de los ingresos en divisas provenientes del petróleo no se moneticen. Promoción de importaciones como instrumento de política monetaria y anti-inflacionaria. Utilización (abuso) de la política de absorción del BCV (recoger dinero emitiendo títulos de corto plazo).

Los problemas de utilizar en exceso esta última política son de diversa índole. Primero, causa un daño patrimonial al BCV, que debe pagar intereses por los excesos de liquidez que recoge a través de los papeles de corto plazo. Segundo, es una bola de nieve: Se vencen los papeles, principal más intereses, y el BCV tiene que salir con una emisión todavía mayor para recogerlos, que a su vez se vence… y así sucesivamente.

Para el cierre de Enero, el BCV tenía en su poder 30,3 billones de bolívares (doce ceros) correspondientes a emisiones de títulos de corto plazo, equivalentes a 140% del total de monedas y billetes existentes en Venezuela. Esa inmensa actividad de absorción contribuyó a frenar el crecimiento de la liquidez en Enero (0,82%). Con una política así, se puede reducir la inflación del año sin necesidad de recortar el gasto público, a costa de un ajuste mayor en algún momento futuro. A fin de cuentas, el BCV no puede emitir papeles para recoger dinero ad infinitum.

La capacidad de desequilibrar la economía que posee esa extraordinaria acumulación de títulos es colosal, sobretodo si se le combina con traspasos de reservas en dólares (sin contrapartida) desde el BCV al Ejecutivo. Por ejemplo, la relación actual de liquidez (todos los bolívares circulantes) a reservas (todos los dólares en reservas) arroja una tasa de cambio implícita de 2.468 bolívares por dólar. Si los títulos en poder del BCV vencen y por alguna razón no pueden renovarse, saldrían a la calle 30,3 billones de bolívares, con un efecto sobre la liquidez todavía mayor (debido al efecto multiplicador del crédito). Algunas estimaciones sencillas colocan la relación bolívares-dólares implícita en ese caso entre 3.527 y 4.208, sin considerar nuevos traslados de reservas.

Si no se le devuelve la autonomía al BCV, y se lanza un programa para recuperar los niveles de confianza que tienen tan deprimida la inversión privada (la independencia del BCV es parte integral de la recuperación de la confianza) nos podemos despertar de un día para otro en un país completamente diferente (Si, si, más diferente aún).


Miguel Angel Santos