Durante el 8 y 9 de Junio se desarrolló en el CENDES el Foro “El Impacto del Consenso de Washington en la Estabilidad Democrática: Lecciones y Perspectivas desde el Sur”. El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), que agrupa más de 170 centros de investigación en 21 países, fue el responsable por organizar el taller y las discusiones. Al encuentro acudieron investigadores tanto de países que nos resultan próximos (Argentina, México), como de India, Malasia, Benin, Etiopía, Zimbabwe, Uganda, y Tailandia.

A mí me tocó la suerte de compartir la mesa de discusión “Impacto de las políticas de ajuste estructural sobre la pobreza” con la profesora Utsa Patnaik, de la Universidad Jawaharlal Nehru. La Dra. Patnaik realizó una detallada crítica a las políticas de reforma que ha seguido la India desde principios de los noventa. Habló del Banco Mundial y de Angus Deaton, de sus esfuerzos por disimular la pobreza detrás de mecanismos fraudulentos (a su juicio) de medición.

Yo había pasado buena parte de la semana anterior pensando, desde la perspectiva venezolana, ¿qué se podría decir de los programas de ajuste estructural y del consenso de Washington? Después de todo, nuestra experiencia se remite al período 1989-1992, apenas 4 años inscritos dentro de una tendencia de empobrecimiento que lleva 27 y sigue contando. Más aún, aquél paquete de medidas comprendía algunos elementos del consenso de Washington, pero también tenía sus propias particularidades.

Volví a repasar los resultados de aquél período: La contracción de 8% del PIB en 1989, y el crecimiento promedio de 7% los tres años siguientes; la moderada recuperación de la inversión nacional y extranjera; el aumento en el desempleo y la informalidad de 1989, y su impresionante recuperación entre 1990-1992. Me sorprendió encontrar, entre las cifras de Matías Riutort, que la pobreza había pasado de 18% (extrema) y 52% (total) en 1988, a 36% (extrema) y 70% (total) en 1991; para luego ceder en 1992 a 27% (extrema) y 62% (total). Recordé las quejas del gabinete por la lentitud del Congreso en la aprobación de los programas sociales. Se me vino a la mente el desfalco de Lusinchi.

Pero a fin de cuentas, de lo anterior sólo hubo cuatro años. Lo demás ha sido el “Consenso de Venezuela”, las políticas que hemos seguido durante 27 años (con esa breve interrupción) que nos han hecho más pobres de forma más sostenida que nuestra propia versión del Consenso de Washington. Decidí hablar de nuestra tasa de crecimiento promedio de 1,6% en 27 años, muy similar al 1,3% de estos últimos 7 años. No hay manera de combatir la pobreza así.

Según el “Venezuelan Consensus”, en épocas de bonanza petrolera hay que gastar un realero, contratar bastantes empleados públicos, sobrevaluar la moneda (para que ese gasto no produzca tanta inflación), importar bastante (porque aquí no hay inversión), y permitir las fugas de capitales. En épocas de escasez, en presencia de déficit fiscal y déficit en balanza de pagos, hay que devaluar para cuadrar el presupuesto, frenar las importaciones y las salidas de capital, aguantar la aceleración de la inflación y la fuerte contracción de la economía. Así se sigue empobreciendo Venezuela, diga lo que diga el INE, cuyos particulares mecanismos de medición también se discutieron en el Foro.

En lugar de criticar tanto a Washington, deberíamos ser capaces de ver también cuál ha sido nuestra propia alternativa. El CENDES ha tenido la lucidez de traer esta discusión a la mesa, entre una concurrencia plural, abierta a la discusión, en un ambiente de tolerancia. Gracias a Carlos Walter (CENDES) y a Gladys Lechini (CLACSO) por la invitación y por la iniciativa.

Miguel Ángel Santos