Fue una de esas madrugadas largas, conel silencio de la noche interrumpido cada vez más esporádicamente por los ecosde voces y risas en la calle, o el recolector de contenedores. En la medida enque iba progresando la noche, según se iba materializando otra de las proezaselectorales de la oposición venezolana, se me vinieron a la mente, en rápidasucesión, algunas imágenes de todos estos años.

Volví a escuchar a Carlos Ortega “… elComité de Conflicto ha decidido prorrogar la huelga general por otras cuarentay ocho horas”. No pensaba específicamente en Ortega, sino más bien en loscientos de miles que celebraban eufóricos aquellas prórrogas, en los que algunavez pensamos que – a falta de mejor cosa – aquello podría desembocar en algobueno. Recordé a la turba que reventó la puerta del estacionamiento de miedificio en Santa Fe, en búsqueda de mi vecino de entonces, Héctor Navarro.También las voces de muchos de estos mismos líderes políticos y civiles de hoy,justificando la abstención en las elecciones legislativas hace cinco años.“Después de el retiro de la oposición de estas elecciones éste país ya novolverá a ser el mismo”. Y sí, algo cambiaría para siempre, pero por razonestotalmente diferentes.

¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Cómo fueposible que la oposición pegara este salto olímpico? ¿Cómo se consiguióestructurar la Mesa de la Unidad Democrática, cómo se deshizo del lastre de laCoordinadora Democrática? Son preguntas difíciles, que nos obligan areflexionar cómo, por qué y cuándo dejamos de ser quienes éramos y pasamos aser éstos.

Yo no tengo intención ni capacidad paraabordarlas. Pero sí me vinieron a la mente algunos hitos que con seguridadtienen algo que ver con este alumbramiento. El primero es la elecciónpresidencial de 2006. Aquél fue el punto más bajo, sí, pero también el comienzode lo que vendría después. Más específicamente, me refiero a la figura deManuel Rosales. Aunque su reputación se haya venido a menos en estos días, fuea raíz de su campaña electoral que la oposición asimiló algunos aprendizajesque sentaron las bases de su transformación. Rosales reivindicó al voto, aúnfrente a todas las trampas y ventajas oficiales, como el único mecanismo parael cambio. Su reconocimiento del resultado y la magnitud de la diferenciadespertaron a la oposición a una dura realidad.

El segundo vino unos meses después. Elcierre de RCTV, o la “suspensión de su concesión televisiva”, trajo a millonesde hogares venezolanos la sensación de expropiación y violación que hastaentonces sólo habían experimentado algunos en carne propia. Aquellacircunstancia parió un movimiento estudiantil. Su incorporación plena a losasuntos de Venezuela, su capacidad para crecer e ir renovándose en la medida enque los mayores se incorporaban a la política, fue el tercer hito que terminóde darle un vuelco al escenario político venezolano. Recordé haberme tropezadoen la esquina de Völlmer y Andrés Bello con aquella larga marcha estudiantil enruta al Tribunal Supremo. Aquella sensación de estreno, aquél sentimientoenorme de posibilidad. Parafraseando a Silvio Rodríguez (al cantante, no alpolítico): La era ha parido una oposición. Hay un camino.


Miguel Ángel Santos