La semana pasada, durante una reunión con algunos gerentes de plantas en Valencia, supe que la capacidad promedio a la que operan se encuentra alrededor de 65%. ¿La demanda ya no está allí? No, no es eso. Son los trabajadores. Para poder cerrar el contrato colectivo tuvimos que acceder a un conjunto de peticiones que han impactado la productividad. Ahora tienen garantizados “períodos de descanso” durante los cuales exigen el derecho a caminar por la planta, distraen a otros trabajadores, estorban y amenazan a quienes no los apoyaron durante la negociación. Les hicimos una sala de TV y lectura aparte pero a ellos no les gusta, dicen que estamos tratando de “manipularles el cerebro”. Exigen que en sus tiempos de descanso sean libres de ir y venir por donde quieran. A eso súmele las demás disposiciones del gobierno, los recortes de luz y el recorte de la jornada laboral.

De momento, me pareció una noticia relativamente buena. Después de todo, tras leer a Marty Seligman he comenzado el año con el vano afán de encontrar algo bueno en todo lo que nos ocurre. Al menos tenemos capacidad instalada para crecer. Si en algún momento empezamos a hacer las cosas de forma distinta, aún hay algo de espacio para crecer sin invertir. En los dos últimos años, Colombia ha sido el país que ha hecho más progresos en relación con la facilidad de hacer negocios. El año pasado, en medio de la crisis mundial, su PIB se mantuvo estable mientras el nuestro cayó 3%, su inflación fue de 3% mientras la nuestra rondaba 27%-35% (¡esos sí están blindados!). Mientras tanto, Venezuela sigue siendo el país en donde producir resulta más caro de América Latina y uno de los más caros del mundo, apenas por encima de un pequeño grupo de naciones del África sub-sahariana. Nuestra legislación laboral resultó la más costosa del mundo por segundo año consecutivo.

Aquí está el detalle. ¿Cómo vamos a cambiar la actitud de los trabajadores? ¿Cómo vamos a hacerles entender que una ley que los proteja menos seguro los beneficiará más? Esos cambios solo suelen ocurrir tras grandes catástrofes. Un ejemplo: Lusinchi, entre los peores gobiernos que ha tenido Venezuela, le entregó el país en pinzas a Carlos Andrés Pérez. Las reservas internacionales habían sido agotadas para sostener un esquema cambiario y un nivel de consumo ajeno a nuestra capacidad de producción. El que venga que arree. Y arreó. Esa relativa “bonanza” en que Lusinchi le entregó el mando a Pérez le restó margen de maniobra al nuevo Presidente. En contraste, tras la segunda gestión de gobierno de Rafael Caldera, la de peores resultados económicos en nuestra historia (cuatro años con inflación de 70%, la crisis bancaria generada tras la decisión de intervenir el Banco Latino a puertas cerradas) el caos y el empobrecimiento eran tales que el país en su conjunto aceptó darle carta blanca a Hugo Chávez. Siendo así, quizás lo más conveniente sea dejar al gobierno en paz y que continúe este proceso de erosión hasta el punto crítico de Per Bac, allí en donde la pirámide de arena se viene abajo por sí misma. No necesita ayuda.

Disponible en:
http://www.eluniversal.com/opinion/100205/el-caos-...

Miguel Ángel Santos