En el bautizo de un libro, en una atestada librería caraqueña, lo encuentro hablando en una esquina con algunos colegas. Tiempo sin verlo. Es uno más de esos profesionales anónimos que hicieron carrera dentro del sector público venezolano, apilando años de experiencia sobre una base conceptual sólida, que ahora deambulan por ahí desperdiciando ese raro talento en algún negocio familiar.

Habla desde el centro de un pequeño círculo. “Todos los programas de gasto público deben estar adscritos a algún ente responsable por su ejecución; es una sola institución a la que se le asigna la partida de gasto en el presupuesto, sobre la que luego debe rendir cuentas. En el caso de las misiones no existe ningún ente responsable, es una inmensa partida cuya ejecución está dispersa entre numerosas instancias del sector público: gobernaciones, alcaldías, ministerios; sin que exista un responsable central, sin un sistema de cuentas único contra el cual relacionar la ejecución, sin posibilidad de exigir rendición de cuentas, porque las cuentas no existen…”.

Una señora interrumpe: “¡Pero sal y di todas esas cosas! ¡Sal y conviértete en una piedra en el zapato, que tu tienes credibilidad para hacer eso!”. A lo que él contesta, no sin una sonrisa condescendiente: “Yo la verdad es que no puedo… es que la compañía mía le vende bastante al gobierno”.

¿Se le puede juzgar por eso? Después de pensarlo unos días llego a la conclusión de que no. Lo más importante de esta historia no es esa parte final, sino dos hechos fundamentales. El primero: Personas como él, con vinculaciones políticas iguales a cero, con una amplia experiencia en el sector público que sin duda le haría las cosas más fáciles a cualquier administración, no caben dentro del esquema actual. El segundo: El gobierno ha llegado a ser tan grande (o la economía privada tan pequeña), tan omnipresente, que hay muy pocas actividades que no dependan en altísimo grado de la venia oficial. Esto no sólo ocurre a nivel de regulación, en donde acaso resulta evidente, sino al propio nivel de compra-venta: El Estado es el mayor demandante de bienes y servicios de la economía, una relación comercial de la que nadie puede darse el lujo de prescindir. Un riesgo demasiado grande de resultar excluido, de no formar parte del paraíso de la revolución.

Unos días después, en la librería Lectura, en Chacaito, me llama la atención un libro no publicado aún en Venezuela: “El oficio: Un escritor, sus colegas y sus obras”, de Philip Roth. Los pocos ejemplares que se trajo Walter Rodríguez de Uruguay, dan testimonio de las conversaciones entre el autor y algunos colegas que se han visto en la circunstancia de ejercer el oficio de vivir y el arte escribir bajo condiciones políticas particularmente restrictivas. En la que a mi juicio resulta la más ilustrativa de todas, Milan Kundera reflexiona: “El totalitarismo no es sólo el infierno, sino también el sueño del paraíso: el antiquísimo sueño de un mundo en que todos vivimos en armonía, unidos por una sola voluntad y una sola fe comunes… El sueño del paraíso, tan pronto como se pone en marcha, empieza a tropezar con personas que estorban, y los regidores del paraíso no tienen más remedio que edificar un pequeño gulag al costado del Edén… Con el transcurso del tiempo, el gulag va creciendo en tamaño y perfección, mientras el paraíso adjunto se hace cada vez más pobre y pequeño… A la gente le encanta decir: qué bonita es la revolución, lo único malo de ella es el terror que engendra, pero no es verdad, el mal está ya presente en lo hermoso, el infierno ya está contenido en el sueño del paraíso”. ¿Qué más se puede decir?

Miguel Ángel Santos