Es una de esas mañanas de diciembre. Desde hace varias semanas una brisa suave ha descendido sobre la capital, que convive con el sol radiante y trae cierta reminiscencia vacacional. A ratos uno tiene el sentimiento de estar de vacaciones en su propia tierra. Al menos yo soy de esos que se hacen con frecuencia la pregunta: ¿Qué diría yo de nosotros si no fuera yo, si estuviera de visita, si no estuviera ya irremediablemente inmerso en estos rincones, tan encarcelado en sus matices? ¿Qué me llamaría más la atención? Con frecuencia, me siento a tomar café en Los Palos Grandes y ensayo alguna respuesta, al menos sus primeros compases, con la esperanza de que la creatividad se despierte en mí y tome el relevo de allí en adelante. Y digo: “Y he aquí que vine a una tierra en donde…”. Pero las frases que siguen, poco consistentes, atropelladas, no tienen nada de original. A poco iniciar el ejercicio me descubro repitiendo como si fuesen mías las frases de José Ignacio Cabrujas sobre nuestro afán por demoler lo que existe, nuestra urgencia por dinamitarlo y reiniciarlo todo, nuestro entusiasmo breve por lo nuevo. Es eso, o me descubro recontando uno de esos episodios muy precisos que caracterizan nuestra cotidianeidad. “Con su presencia es más que suficiente… Si aún así quisiera hacernos algún otro regalo adicional, le agradecemos que se haga en efectivo”. Tengo la certeza de que estas pequeñas tarjetas, insertadas de forma casi clandestina dentro de las invitaciones de matrimonio, formarán parte integral (por lo que dicen de nosotros) de nuestros libros de sociología en el futuro. Por diseño o por costumbre, estas tarjetas no forman parte de la invitación “formal”, la más grande, la de las letras inclinadas y los caracteres afrancesados. La solemnidad de esta última, el espíritu encumbrado que procuran inspirar los contrayentes, tiene muy poco que ver con la practicidad y la vulgaridad que caracteriza a las solicitudes de efectivo. Por esa razón viene siempre aparte, mucho más pequeña, la tarjeta con los poemas de mal gusto, los dibujitos de los dólares o las frases hipócritas. Es algo así como un susurro: “Lo nuestro nos los das en efectivo”. Todo se reduce a eso. Me suele despertar de ese trance una manifestación de conciencia: Rara vez un viajero tiene acceso a una ceremonia matrimonial y prácticamente ninguno recibe invitación. Así que por ahí tampoco va.

De todas maneras, esta mañana se trataba de ser feliz. La idea, según el implacable Miguel Maita, era escribir algo que transmitiera a los lectores de la edición del último día del 2009 cierta frescura, optimismo, ganas de hacer las cosas mejor. “No puede tratarse de economía, ni tampoco de política”. Escribir algo así no ha sido tan difícil como la redacción presumía (acaso por mi background de economista). Después de todo, la adversidad a la que en teoría no debo referirme ha conseguido parir toda una suerte de manifestaciones creativas, sin precedentes en mis dieciséis años en la capital: El ámbito de quienes hoy se oponen al oscurantismo es muy amplio. Hablo aquí de nuestro poeta Rafael Cadenas. Me refiero a Isabel Palacios, Mariana Ortiz y la Camerata Bárroca de Caracas, que hace poco han tomado la Sala José Félix Ribas del Teresa Carreño para presentar un tributo a George Haendel, acompañados por nuestros primeros actores Alejo Felipe y Javier Vidal. Me refiero al grupo Rajatabla, que ha tenido el coraje y la virtud de montar la obra Ubú Rey (Alfred Jerry, 1896) para denunciar al monstruo desde su mismo vientre. Me refiero a las agrupaciones de teatro que han sido desalojadas de los espacios que les había entregado el Estado en comodato, pero que siguen vivas. Para la memoria de esta época quedará la representación del Infierno de Dante que hiciera el Grupo Theja en su última función en el Teatro Alberto y Mateos. Hablo también de María Guinand y del maestro Abreu, pero poco, porque son los más conocidos. Aunque el trabajo de todos viene desde muy atrás, hoy en día existe una conciencia colectiva mayor acerca de lo importantes que pueden llegar ser para nosotros como país. O al menos yo quiero pensarlo así. Hablo también de los cientos de escritores venezolanos, algunos con más éxito que otros, cuyas obras abarrotan las estanterías de nuestras cada vez más numerosas librerías (no me refiero aquí a quienes venden libros como commodities, cual pastillas de jabón). Son ellos, sí, pero también son aquellos que retan a las circunstancias y se esfuerzan por ofrecernos espacios en donde podamos ser libres. En este sentido, tienen un mérito similar quienes han conseguido levantar Los Galpones de Los Chorros, o las muchachas que han puesto en plena acera del casco histórico de Chacao el pequeño Chacao Bistro (esquina de Miranda y Urdaneta). Y esto por nombrar sólo algunos de los lugares y de las personan que me inspiran, que nos provocan ganas de hacer las cosas bien, aún en medio de las circunstancias más adversas. Como decía Rudyard Kipling (If): Por todas partes la vida está llena de heroísmos.

¿Y qué tienen que ver todo esto con la felicidad, la frescura, y el optimismo? Bastante. Después de todo, ¿qué significa ser feliz o qué es llevar una “buena vida”? Aristóteles, que se hizo esta pregunta hace más de dos mil quinientos años (las buenas preguntas son siempre las mismas), llegó a la conclusión de que la felicidad (eudaimonia) no tiene que ver con los placeres de los sentidos, sino que es el territorio de la buena acción, de la conducta consistente con el buen propósito, del ejercicio de la fortaleza individual y de la virtud. Concebir la felicidad en esta dimensión, mucho más allá de (¡sin excluirlos!) los placeres que nos proporcionan los sentidos y el dinero (otra vez esas pequeñas tarjetas de matrimonio), es acaso uno de los acuerdos que más nos urge construir, en una sociedad a la que le cuesta cada vez más ponerse de acuerdo.

Hay gente que me pregunta por ahí cómo veo a Venezuela. Yo también me lo pregunto. No tengo una visión consistente. A ratos la veo secuestrada por la barbarie, presa del oscurantismo, atrapada dentro de sus propias contradicciones y convencida de una serie de ideas que nos condenan a la servidumbre y a la pobreza. Pero a ratos la veo distinta. Ya a punto de terminar de escribir, me vino a la mente una cita que escuché hace muchos años de Asdrúbal Baptista. Según recuerdo, y ya veremos qué tantos puentes ha tendido mi memoria, se refería a una carta que Mirabeau le escribiera a una cierta cortesana antes del estallido de la revolución francesa: “Veo a Francia más fuerte en sus cimientos que nunca antes”. Llamé a Asdrúbal. La podía haber citado hace unos doce o trece años, pero no recordaba exactamente de dónde. Me prometió buscarla. A la hora de entregar estas líneas aún no sabía nada de él. Me lo imagino, en su oficina del IESA, paseando su mirada por sus organizadas estanterías mientras espera una súbita iluminación, la memoria fotográfica de la página de donde puede haber salido la frase. Pero no importa, vale igual. A ratos, en estos días de sol y de brisa de diciembre, me invade una poderosa sensación de posibilidad (qué es la juventud, y la felicidad, si no es eso, la posibilidad). Y es entonces, cuando veo a Venezuela más fuerte que nunca. Feliz Año 2010. Si, sí, de verdad.

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Miguel Ángel Santos