Desde el deslave de La Guaira se mudó a Los Magallanes de Catia, en donde vive alquilado en compañía de su esposa y sus dos hijos de 13 y 9 años de edad. Hace años que cuida celosamente de su trabajo en el departamento de copiado de un conglomerado de empresas venezolano, haciendo magia para sobrevivir con su sueldo de 750.000 bolívares mensuales. “Es que la vaina está muy jodida Santos, para los que no están con el gobierno”. ¿Y tu esposa trabaja? “Mi esposa tiene dos años metiendo papeles, pero todavía no ha conseguido nada. Por ahora se está redondeando haciendo gestiones en la alcaldía, derechos de frente, etc., hay negocios pequeños en donde uno conoce gente que la llaman para sacar papeles, ella hace las colas, los tramita, paga y luego se los entrega, tu sabes cómo es”.

Sin saberlo, forma parte de eso que las compañías de estudios de mercado llaman el estrato socioeconómico D, que ocupa según el último sondeo de Datanálisis 38% de la población, y posee un ingreso familiar promedio mensual de 740.000 bolívares. Esa cantidad de dinero, aunque exigua, se encuentra por encima de lo necesario para adquirir la canasta básica alimentaria, 390.000 bolívares que en teoría deberían alcanzar para satisfacer el hambre de cinco miembros (aquí la teoría se parece a la práctica sólo en teoría, en la práctica no se parece). Por debajo de este nivel yace, literalmente, el estrato socio-económico E, con un ingreso familiar promedio mensual de 285.000 bolívares, casi 40% menos de lo necesario para la canasta básica alimentaria.

Irónicamente, cuando uno considera las diferencias entre los ingresos de estos sectores y aquél de los sectores AB (que ya son tan pequeños que son sólo uno), la brecha se ha disminuido. En 1998 una familia promedio en el nivel AB poseía un ingreso mensual 10.05 veces mayor al del nivel E, al cierre del 2004 esa brecha había caído a 8.55. Pero esa disminución se deriva del triste hecho de que habiéndose empobrecido en estos seis años el conjunto de los venezolanos en un 14%, el deterioro del ingreso del sector E (-1.3% por año, 7.2% en total) ha sido “menor” al del sector AB (5.6% por año, 29.4% en total). Si seguimos pasando el rasero de esta forma, pensando en la igualdad e ignorando el hecho básico de que todos tenemos menos, vamos en ruta hacia ese punto en donde ambas variables alcanzan el cero absoluto, allí en donde ninguno tiene nada. Después de todo, qué pocas medidas de política existen para ayudar a los pobres, que no pasen por ayudar a los ricos.

“El chamo mayor lo puse a trabajar de ayudante en un taller mecánico de unos amigos, empleado lo que se dice empleado no está, él va por las tardes y le dan algo semanal, como se dice, para los frescos, pero me dejó el colegio”. Con esta dinámica familiar se empieza a recrear ese proceso según el cual pobreza engendra pobreza, pues esa deserción escolar que a veces resulta urgente para resolver el presente, termina acabando con las probabilidades de salir de la pobreza en el futuro. De hecho, la educación, la experiencia laboral, y el género (factor este último que tiene a la esposa “metiendo papeles” hace rato), son los tres mayores determinantes del ingreso familiar, y en última instancia de la pobreza. Vista así, nuestra pobreza es el resultado de más de 27 años de deterioro económico, y a partir de ahora pasa de ser consecuencia a ser causa, pues no se puede crecer de forma sostenida sin el capital humano necesario.


DESPIECE: La aplanadora social

Esos grandes agregados que son las variables macroeconómicas no pretenden explicar fenómenos, ni tampoco describirlos en toda su extensión económica o social, menos aún convertirse en decálogo que al ser recitado alivie la condición de aquellos que atraviesan carencias. Son apenas termómetros de realidades ineludibles. Realidades cuando se mira atrás, y también hacia delante. No se puede eludir que Venezuela durante los últimos 27 años ha crecido un promedio de 1.3% anual, mientras en ese mismo período su población ha crecido cada año 2.5%, resultando en una pérdida de ingreso por habitante de 29%, de la cual la mitad ha ocurrido en los últimos seis años.

Esa falta de crecimiento ha provocado un déficit de puestos de trabajo, que entre 1978 y 2003 superó los cinco millones setecientos mil, de los cuales más de un millón ochocientos corresponden a 1999-2003. En este último período, mientras la fuerza laboral creció a razón de 420.000 por año, la economía se las arregló para crear unos 63.000 nuevos puestos de trabajo formales cada año (INE). El aumento de la informalidad y el desempleo se tradujo en la práctica en un aumento de la pobreza, ya desde 1998 la mediana del ingreso del sector informal no alcanza para cubrir la canasta básica alimentaria.

Ese deterioro ha colocado el horizonte de salida de la pobreza, aún en el escenario en el que Venezuela logre crecer moderadamente, acaso más allá del horizonte de vida. Así, si en 1998 y suponiendo que la economía crecía sostenidamente 3%, una familia en pobreza extrema tardaba 10 años en superar esa condición, para el cierre del año 2002 esa cifra había pasado a 26 años (Matías Riutort).

Son realidades macroeconómicas inevitables, que colocan a Venezuela ante la necesidad de reinventarse como país, o continuar en la senda del deterioro, en ruta segura hacia la pobreza que hoy en día presentan los países del Africa sub-sahariana. Citando a Francisco Depons, agente de Napoleón que vivió en Venezuela entre 1801 y 1804, “un país así... es indigno de los favores que le ha concedido la naturaleza” (¡y eso que cuando escribía no sabía nada del petróleo!).

Miguel Ángel Santos