“Mi vida tiene contornos poco definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizás lo que mejor la define”. Como estas líneas de la famosa carta del emperador Adriano a Marco Aurelio, lo que mejor define al informe anual del BCV es aquello a lo que no se refiere.

Al menos este año el Presidente del BCV se ha referido al mercado laboral de forma más lacónica que en su informe del año anterior, cuando aludió a la creación de 640.000 puestos de trabajo de forma simultánea a la publicación del informe del INE que ubicaba esa cifra en sólo 37.908 (Parra Luzardo decidió restar de forma olímpica los empleados entre Diciembre y Enero 2005, incorporando toda la variación estacional navideña a su estadística de “nuevos empleos”). Este año se hace apenas una referencia al descenso de la tasa porcentual de desempleo, acompañada de algunos comentarios cualitativos que asocian ese descenso a una combinación de más puestos de trabajos (no especifica número) y más inactivos (tampoco).

Se hace mención de nuevo al crecimiento porcentual de la inversión, sin especificar cuál es su nivel actual en bolívares corrientes ni constantes, ni tampoco como porcentaje del PIB. Se compara su evolución contra sí misma y se le saca de contexto, para no reconocer que su nivel sigue la misma tendencia decreciente que viene exhibiendo desde comienzos de los años ochenta. A lo largo de las ocho páginas se comenta con frecuencia el espíritu del banco central de promover la transparencia en la información, pero no se hace referencia al hecho de que desde el 2004 el BCV no discrimina la inversión pública y privada, ni tampoco al cambio de metodología que ahora incluye los bienes durables (neveras, vehículos, DVD) en la formación bruta de capital.

Dentro de los cuadros presentados la única referencia numérica a la inversión fueron las cifras negativas registradas por la inversión extranjera directa y la inversión en cartera (-2.905 y -7.673 millones de dólares respectivamente). Ninguno de estos valores le mereció ningún comentario en el texto.

Tampoco hizo referencia a la sostenibilidad de la política de absorción del BCV, que ya alcanza un tamaño sin precedentes absolutos ni relativos, y que ha “contribuido” a que la inflación sea “apenas” 17% en el año, más de ocho veces el promedio de la inflación de los países desarrollados (2,1%) y más de tres veces el de los países en desarrollo (5,1%). A pesar de los golpes de pecho acerca de los esfuerzos del BCV por proteger a los ahorristas, no se hace explícita la pérdida de valor real causada por las tasas de interés negativas, tanto para depósitos a la vista o a plazo como para prestaciones sociales. Tras cuatro años de defender los intereses de los ahorristas, las pérdidas en valor real acumuladas van desde 37% (depósitos a la vista) hasta 12% (prestaciones sociales). ¡Gracias doctor! Si sigue haciendo esfuerzos en este sentido es probable que para la época de retiro nuestras prestaciones se encuentren completamente pulverizadas.

Sí aparece mencionado, en cambio, el hecho de que la expansión de la demanda (por el gasto público) es bastante mayor que la de oferta, lo que exige niveles de importación cada vez mayores para seguir sustentando el crecimiento en el consumo. En el 2006 las importaciones en dólares crecieron 32%, ubicándose por encima de los 30.000 millones de dólares. En el 2007 continuarán creciendo, puesto que no hay perspectivas de recortar el gasto público en un ambiente de expectativas como las que ha generado el gobierno, no se recuperará la inversión, y no se planifican devaluaciones de la moneda.

Para tratar de amortiguar el impacto comunicacional, el Presidente del BCV se ha ido atrás en la historia y ha conseguido al fin un período en el que (como porcentaje del PIB) fueron mayores que ahora: “En relación con el PIB (18,6%) las importaciones se mantuvieron por debajo promedio histórico más elevado observado entre 1977 y 1982 (23,8%)”. Esta referencia acaso resulta tan desafortunada como iluminadora, por ser precisamente esos seis años los que precedieron a la debacle económica de aquél Viernes Negro, en febrero de 1983. Ningún economista de oposición hubiese sido capaz de encontrar una idea más apropiada para describir la catástrofe que se avecina que comparar las importaciones actuales con las que precedieron al Viernes Negro.

Eso sí, y siguiendo en la línea del año anterior, hay un hecho trascendente que “no podemos dejar de mencionar”: La creación del Himno del Banco Central de Venezuela, letra de Luis Pastori y música de Aldemaro Romero. Pongámonos de pie.

Miguel Ángel Santos