Los primeros resultados del paquete del pasado 8 de enero no han sido muy alentadores. El índice de ausencia en productos de la canasta básica, 24% en diciembre, llegó en enero a 26%. La escasez, que se diferencia del anterior por la disponibilidad de sustitutos, pasó de 9% en diciembre a 13% en enero. La inflación de alimentos cerró por encima de 4% en el mes, una cifra espantosa que en un año totaliza 33% y proyectada (si continúa este ritmo) equivale a 64%. La tasa de cambio en el mercado paralelo se depreció 20% sólo en enero, 44% en los últimos doce meses. Todo esto para hablar de lo que se puede medir, porque por esas cosas de la economía, de reacciones retardadas y deficiencias en los instrumentos de medición, sus efectos sobre el crecimiento, el empleo, y la inversión, tardarán un poco más en conocerse.

La economía le ha vuelto a pasar factura a la revolución. Las reacciones han sido casi tan inmediatas como espasmódicas, apuntan en diferentes direcciones, no están regidas por un patrón común. Acaso eso sea lo que más preocupe. Por un lado, CADIVI, que promedió 90 millones de dólares por día durante la primera quincena de enero, ha cerrado el mes con un nuevo récord, 142 millones diarios. Se oye que hubo-un-problemita-con-las-listas, las-estamos-revisando, se-nos-fue-la-mano, se respira un olor a no-supimos-medir-la-reacción. Aquella expresión del “primero nos dan la empresa, luego pagamos, y ya veremos cómo”, que tanto pánico generó, se ha traducido en sendos memoranda de entendimiento: Todo parece indicar que los principales accionistas de Electricidad de Caracas y CANTV recibirán una prima sobre los valores de mercado de sus acciones. En Finanzas, los asesores de antes han vuelto a tomar los hilos por debajo de la mesa, ahora PDVSA y un nuevo Bono del Sur vendrán a rescatar un dólar paralelo que durante los primeros días de enero Rodrigo Cabezas calificó de abstracción, de estupidez, de entretenimiento de especuladores. Con esa misma firma se ha diseñado un extraño programa para no venderle los dólares al BCV, sino al Banco del Tesoro, para no generar tantos bolívares (¿?). No se oye nada del aumento de la gasolina. Tampoco de la reforma monetaria. Se le bajó el IVA a la carne (entre otros) y se establecieron controles a lo largo de toda la cadena. La ineficiencia de los controles se interpreta como la necesidad de más controles, se lee como no-controlamos-lo-suficiente.

En el fondo, toda esta maniobra nos devuelve al status quo, nos conecta de nuevo con el único respirador que nos puede ayudar a sobrellevar unos meses más nuestra enfermedad terminal: No existe inversión productiva, ni pública ni privada, ni nacional ni extranjera. No existen incentivos a la producción. En un país así, o se restringen importaciones a costa de una grotesca inflación, o se sigue importando mientras el petróleo lo permita. No se generará más empleo, los pesadísimos hombros del Estado seguirán cargando con la generación de trabajo (o mantener a la gente fuera del mercado laboral a punta de transferencias). En lugar de traerse para adelante la arruga, el gobierno ha vuelto a la política de correrla. Es así, por ahora, o importamos, o perecemos.

Miguel Ángel Santos