Bonos de destrucción masiva

Bonos de destrucción masiva

El Universal

La adjudicación de los 4.200 millones de dólares en bonos de deuda de la República me trajo a la mente aquél conocido juego de palabras entre los “criterios de escasez” con que Carlos Andrés Pérez prometió administrar la bonanza de los años setenta, y la “escasez de criterios” con la que efectivamente lo hizo. Y es que de eso se trata. Ya lo había advertido Friedrich Hajek en su trabajo seminal acerca del mejor uso del conocimiento en sociedad: Nadie posee la capacidad de procesar información y asignar recursos con mayor eficiencia que los propios precios que resultan de esa eterna gama de interacciones que conforma el tejido de la economía.

Sin que me haya yo de repente tele-transportado del neo-keynesianismo a la lógica libertaria radical (y mucho menos estos días, en los que la derecha extrema del “tí parti” mantiene secuestrado al gobierno de los Estados Unidos y amenaza con dar al traste con la economía mundial), hay que reconocerle cierto mérito a esa construcción. Ahora bien, hay que pensar que Hajek partía siempre de la premisa de que, aún con las mejores intenciones, nadie tendría la capacidad de asignación de recursos del mercado. Pero es que el caso nuestro va más allá: Los criterios de asignación de esta emisión siguen una lógica destructiva con una convicción que deja muy poco lugar a dudas.

Todos los niveles de adjudicación poseen una suerte de precipicio, a partir del cual los solicitantes son enviados al vacío. ¿Eres empresa tipo 1? Si pediste entre 3.000 y 4,95 millones de dólares (nótese el detalle decimal) te damos el 100%, pero si pediste más te corresponde cero. ¿Eres empresa tipo 2 (de segunda categoría) o persona natural? Si pediste más de 6.000 dólares no te tocará nada. Uno se puede imaginar con cierto margen de acierto a Giordani, sentado en la mesa, socarrón, frotándose las manos: “¡Dejamos a los especuladores con las manos vacías!”

Curiosamente, esa lógica retorcida no ha privado a la hora de asignar bonos a la banca pública (¿o es que acaso cree que la banca pública no especula?), que recibe el 100% de sus solicitudes y se queda con no menos del 50% de la emisión. De lo restante, se ha favorecido a quienes ya venían siendo atendidos por CADIVI (salud y alimentos), en detrimento de los demás sectores industriales, que seguirán sujetos a los caprichos del SITME (ninguno de los cuales creo que haya solicitado menos de 6.000 dólares). Ahora bien, estos últimos eran los que mantenían la demanda en el dólar paralelo (ahora también negro), de manera que no cabe esperar que la presión disminuya. Por el contrario: Ahora que tienen bastante claro que no aparecen en el radar de asignación del gobierno empezarán a buscar “mecanismos alternativos” con mayor celeridad.

En resumen: El gobierno se endeuda en dólares a una de las tasas más altas del mundo, le reparte la mitad de los recursos a los bancos públicos, acentúa el desequilibrio entre los sectores industriales, y no reduce la presión sobre el mercado paralelo. Al menos ya se ha ido disipando la duda, esa nube en la que permanecimos muchos años mientras observábamos la sucesión de disparates: ¿Será una política o habrá sido un accidente? Ya hace rato que sabemos.

Disponible en:
http://www.eluniversal.com/opinion/110805/bonos-de…

Miguel Ángel Santos

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